La crisis de un modelo educativo

Hace más de 15 años que me dedico a acompañar a niñxs y a sus familias. Primero, desde el ámbito de la educación alternativa, los llamados proyectos de educación libre, y desde hace 10 años, desde el ámbito terapéutico.

Siempre recordaré mis primeros años de efervescencia dentro del mundo de las pedagogías alternativas. En aquel momento pensábamos que estábamos ante un paradigma que cambiaría el mundo y, sobre todo, nuestra manera de relacionarnos entre nosotrxs.

Casi 20 años después de iniciar mis formaciones en este ámbito, nos encontramos en un contexto completamente diferente. No dejo de escuchar que este modelo educativo, que prometía tanto, ha dejado a más de una comunidad, familia e institución completamente descontenta.

Y a menudo me relaciono con profesionales de otras miradas y ámbitos y observo todos los prejuicios que giran alrededor de la llamada «crianza respetuosa».

Que si somos partidarios de dormir con los niños hasta que tienen 10 años. Que si damos el pecho a demanda hasta los 5 años. Que no existen los límites. Que las familias están sobrepasadas…

Y, aunque con esto último estoy completamente de acuerdo —y lo veo cada día en mi consulta—, me pregunto firmemente si el problema no recaerá en el hecho de que no hemos entendido realmente de qué va el acompañamiento respetuoso.

¿Qué significa, realmente, educar con respeto?

Cuando hablamos de crianza respetuosa, hablamos de conocer en profundidad las etapas del desarrollo infantil y adecuar nuestras demandas a estas etapas.

Hablamos también de poder mirar al niñx que tenemos delante y entender hacia dónde va su desarrollo biológico, emocional y cognitivo.

Porque no todos los niñxs se desarrollan de la misma manera ni al mismo ritmo.

A menudo hay niñxs de 6 años que funcionan cognitivamente como unx de 10, pero que tienen un desarrollo emocional más cercano al de un niñx de 4. Y sí, esto también lo tenemos que tener en cuenta.

Por eso, no tiene sentido entender que la educación respetuosa promueve el colecho sin límites, porque las necesidades de un niñx de 2 años son completamente diferentes de las de un niñx de 8 o 9 años.

Un niño de 8 o 9 años, para tener un desarrollo adecuado, necesita poder hacer un proceso de separación de sus padres. Y este proceso es clave para el desarrollo de su autonomía y autoestima.

Respetar no significa hacer siempre aquello que el niño pide. Respetar también significa comprender qué necesita en cada momento de su desarrollo.

Cuando el acompañamiento emocional nos confronta con nosotros mismos

Creo que una de las mayores dificultades que hemos tenido las personas que hemos intentado educar desde este paradigma tiene que ver con el hecho de que hemos intentado acompañar el mundo emocional de los niños sin haber pasado, necesariamente, por una experiencia propia de acompañamiento emocional.

Hemos destapado el campo emocional porque hemos dejado de ejercer el autoritarismo y, por tanto, hemos dejado de querer educar desde el miedo.

Pero, en muchos casos, no hemos aprendido a gestionar nuestras propias emociones ni a sostener las de los niñxs.

Y aquí es donde se ha liado el tema.

¿Cómo puedo sostener el mundo emocional de mi hijx si no puedo sostener el mío?

¿Cómo puedo acompañar el mundo emocional de mi hijx si no conozco el mío?

A partir de aquí, hemos podido hiperadaptarnos a las demandas de los niñxs pequeños, saltarnos los límites que queríamos poner y generar relaciones en las que los niñxs no tienen claro dónde están los adultxs ni cuál es su rol.

Y quizá esta sea una de las grandes dificultades de la actual crisis en torno a la educación respetuosa: no sabemos sostener el mundo emocional de nuestros niñxs porque, a menudo, tampoco sabemos sostener el nuestro.

Sostener no significa evitar la frustración

¿A qué me refiero concretamente?

A sostener la frustración y los gritos sin compensarlos ni retirar el límite.

A sostener el llanto de los niñxs sin sentirnos culpables por estar generando un daño irreparable.

A entender que los límites y los «no» que necesitamos poner son tan estructurantes como todo el amor y el acompañamiento que ofrecemos.

Porque poner un límite no significa dejar de amar.

Y sostener el malestar de un niñx no significa provocarle un trauma.

A veces, respetar a un niñx también implica tolerar que se enfade con nosotrxs, que llore o que no esté de acuerdo con aquello que le estamos proponiendo.

Y esto es difícil.

Muy difícil.

También vivimos en una sociedad que no sabe sostener la frustración

Con este texto no pretendo culpabilizar a nadie. Todo lo contrario.

No podemos negar la dificultad de pasar de un paradigma a otro si tenemos en cuenta que también vivimos un momento social en el que no solo ha habido un cambio generacional o de paradigma.

Vivimos en un mundo cada vez más rápido, con más exigencias.

Tenemos que tener tiempo para ir al gimnasio, trabajar ocho horas, hacer el skincare, quedar con los amigxs, criar, cuidarnos, formarnos…

Y, al mismo tiempo, estamos rodeados de rapidez y distracciones permanentes: scroll constante, notificaciones, redes sociales y una oferta casi infinita de plataformas digitales de cine y series.

Sí.

Nosotrxs tampoco sabemos sostener el aburrimiento y la frustración.

¿Cómo pretendemos, entonces, acompañarlos en esto?

Quizá el problema no es la educación respetuosa

Por eso, quiero reivindicar una idea:

El problema nunca ha sido la educación respetuosa, sino aquello que hemos entendido y adaptado de este modelo.

Creo que, en algunos momentos, nos hemos alejado mucho de su esencia.

Porque, si no educamos respetuosamente, ¿qué alternativa nos queda?

¿Cómo podemos entender el acompañamiento sin el respeto?

¿Volviendo a la violencia?

¿Volviendo al miedo?

Sinceramente, creo que no tenemos ninguna otra alternativa.

El reto, quizá, no es abandonar la educación respetuosa, sino aprender qué significa realmente la educación respetuosa.

Respetarlo no es evitarle toda frustración.

No es satisfacer todas sus demandas.

No es eliminar los límites.

Es conocerlo, comprenderlo, sostenerlo y poner los límites que necesita para poder crecer.

Y esto también implica algo muy difícil: aprender a sostenernos nosotrxs mismos como adultxs.

Quizá aquí es donde tenemos el verdadero reto.

Núria Gros Carmona
Coordinadora de Damara
Más información: centre@damara.cat

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